Hace ya mucho tiempo, demasiado para recordarlo, en un país muy lejano llamado Relatrá, vivía una condesa sobre cuyas espaldas caía el peso de la nación. Tan joven era como las mismas doncellas que por los jardines de su olvidado palacio paseaban, y tan bella como cada una de ellas, mas su soledad era equiparable a la de la rosa negra que sobre sus rodillas yacía. Tenía una fina carta en sus manos, de papel amarillento, con elegantes letras oscuras que componían la citación que el archiduque de Dracoville le había enviado. En absoluto deseaba contrariarle, aún así se sentía decidida a declinar la invitación; conocía a la perfección las intenciones que le rondaban por la cabeza, pues su codicia no tenía fin.
Según lo escrito en la carta, el archiduque ansiaba concertar una cita con ella, a fin de aclarar unos asuntos pendientes. La realidad, sin embargo, era que él buscaba el collar que la condesa portaba en su cuello; una perla blanca y redonda, enjaulada en unos hilos de plata. Ese colgante había pertenecido durante generaciones a su familia y tenía un poder inmenso. Además, todo aquel que se lo pusiera se convertía automáticamente en el gobernante absoluto de Relatrá. Por ello era un bien que se debía proteger a toda costa.
Ni los pasteles envenenados, ni los asedios a su palacio habían conseguido acabar con ella, pero estaba demasiado cansada ya para decir que no, por lo que llamó a su ayudante y lo ordenó todo para partir de inmediato hacia Dracoville totalmente sola, no sin antes enviar la confirmación al archiduque.
Dos días a caballo duró su viaje atravesando las montañas y los bosques de Relatrá y Dracoville, hasta que, al tercer día, divisó unas descomunales torres negras que se alzaban amenazantes hacia el cielo teñido de nubes oscuras.
Tan sólo un puente la separaba de su terrible destino.
Se paró, bajó de su caballo y lo atravesó a pie, casi sin fijarse en el profundo río embarrado que corría bajo ella.
Una escalinata de piedra nacía del suelo con firmeza, llegando hasta la fachada del impresionante castillo semiamurallado, en el cual se posaban unas diabólicas aves que emitían sonidos agudos e insolentes.
La puerta era de una madera muy vieja, y la pintura de los pomos hacía tiempo que se había caído. Golpeó con fuerza tres veces, escondiendo el collar en su corset, aunque sabía que si moría, el archiduque lo encontraría con faacilidad.
Los gozones chirriaron, dando a entender que había pasado mucho tiempo desde la última vez que habían abierto las puertas.
Un hombre de pequeña estatura y piel blanca la saludó con una ligera inclinación, y la condujo fuera del vestíbulo, por un pasillo estrecho y agobiante, decorado con unos retratos de reyes y duques pertenecientes a la ilustre familia del anfitrión. La puerta del final del pasillo estaba entreabierta, y por ella se filtraba una luz cálida y anaranjada.
El hombre la empujó delicadamente e hizo un gesto para invitar a la condesa a entrar. Y así lo hizo ella.
A la derecha de la sala llamó su atención una chimenea en la que chisporroteaban las llamas que iluminaban la habitación. Esa fuente de luz fue lo que le hizo obviar las figuras que había repartidas por la sala.
En frente de ella, un sillón rojo con unas orejeras sostenía el delgado cuerpo del archiduque. Su piel, más que blanca era azulada; con unos ojos grises que la miraban desafiantes y unos finos labios, amoratados y agrietados, que se torcían en una tosca sonrisa burlona. Su cabeza ya no portaba nada de pelo y su discreto traje dejaba mucho que desear, teniendo en cuenta los ostentosos conjuntos que antaño solía mostrar.
- Buenas tardes, condesa, amiga mía- casi tosió en un susurro- hoy me encuentro acompañado...
En efecto, aunque ella no se había dado cuenta, la repugnante figura encorvada de su querido bufón se recortaba ahora contra el fuego, y el resollar de su respiración se hizo molesto.
A la izquierda de la sala y para su sorpresa, se hallaba iluminado por las llamas el marqués de Coldmount, un hombre frío y calculador, de piel clara y pelo negro, largo hasta el cuello, y cuyos ojos, azules como el hielo, no expresaban ni la vida que tras ellos debía haber.
- Buenas tardes- forzó la condesa mientras se inclinaba hacia el archiduque- No tengo tiempo que perder ¿Cuál es la razón de mi visita?
- ¡Oh, condesa!- dijo el archiduque, fingiendo tranquilidad- tomad asiento, os lo ruego.
Añadió un gesto para señalar un antiguo sillón cerca del fuego. Estaba desgastado y olía a humedad.
Al sentarse, el bufón avanzó y sus pequeños ojos negruzcos brillaron codiciosos al observar las joyas de la condesa.
- Bien, como ya sabréis, esto no es una simple charla de negocios- el archiduque volvió a hablar; su voz áspera arañó el silencio- Me encuentro viejo... viejo y cansado. Los médicos me han avisado, no me queda mucho tiempo de vida.
El marqués, que se hallaba apoyado contra la pared, alzó una mirada distante que se cruzó con la de la condesa, si bien sólo duró un segundo.
- No sé qué tengo que ver yo con vuestra muerte- dijo ella- tan sólo soy una dama.
- No se confunda, mi señora. Una dama muy hermosa- el bufón se había ido acercando con todo el sigilo del que era capaz, y su fétida peste inundaba los sentidos de la condesa.
- Vos portáis algo que yo ansío profundamente- continuó el archiduque- Siempre he deseado poseer ese... collar... es el único sueño que he tenido. Y será el primero, el único y el último que he osado y osaré pedir. Sólo os ruego que me lo concedáis.
Un silencio absoluto se apoderó del salón. Fuera, la penumbra cobraba fuerza y el sol había quedado sepultado bajo las nubes de tormenta, que ahora lloraban sobre las praderas, los bosques y el castillo, dejándose llover con brusquedad, con pena.
De pronto, el archiduque se levantó de su sillón con gran esfuerzo, tosiendo violentamente, y se arrastró hasta la ventana. Un ligero olor nauseabundo salió de él, y la condesa se empezó a preguntar si todo el mundo en la casa estaba podrido por dentro; o eso, o la comida estaba en mal estado. Si bien el bufón serpenteó hacia su señor, el marqués no movió ni un músculo.
Aferrándose a la cortina, prosiguió:
- Sois la única persona capaz de ayudarme.
La condesa ardía de rabia. Conocía muy bien al archiduque, y sabía que si él le rogaba el control del país a las puertas de la muerte, sólo podía ser por una razón.
- Así que conocéis la leyenda- murmuró ella de pronto. Los tres la miraron intrigados- no podía ser de otra manera. Hay una antigua leyenda en Relatrá, que dice que todo aquel poseedor del collar que se adueñe de él con el consentimiento del anterior dueño o tras la muerte de éste, podrá pedir un deseo, cualquier cosa. Vos bien podríais pedir la inmortalidad...
- ¡Injurias! ¡Calumnias! ¡Muchas falsedades huyen de vuestros labios de serpiente!- chilló el archiduque.
Entonces un fuerte estruendo silenció todas las voces. El archiduque se asomó a la ventana junto a su bufón, y ambos se volvieron con rapidez, aparentando sorpresa.
- El... el puente... -tartamudeó el bufón- Se ha derrumbado...